La política, vista así, debería considerarse una actividad reconocida, ya que intentar solucionar la vida de los demás es algo que se debe valorar.
Sin embargo, si hoy salimos a la calle y preguntamos sobre la opinión que se tiene de la política me aventuro a decir que la totalidad de las respuestas no tendría connotaciones positivas, todo lo contrario. A día de hoy, la política se ve como algo negativo.
Se ha pasado de la premisa de usar la política para servir, a utilizar la política para servirse.
¿Qué quiero decir con esto? Muy fácil, la política la hemos desprestigiado los políticos. Así. Sin paños calientes. Los políticos nos hemos empeñado en hacer de la política un mundo oscuro, en el que el ganar unas elecciones o conseguir perpetuarse en los sillones está por encima de todo. Somos los políticos los que hemos prostituido la política.
Los políticos debemos ser como la mujer del César, no sólo debemos ser honestos, sino parecerlo. Y el problema no es que no lo hayamos parecido, sino que no lo hemos sido.
Y hablo en general, no porque todos los políticos seamos corruptos. Para nada. Es porque somos responsables de cambiar esto. Los políticos tenemos en nuestra mano la oportunidad para que los ciudadanos vuelvan a confiar en nosotros y en algo tan digno como la política.
Por ejemplo con la corrupción. Se ha usado la corrupción como un arma de autodestrucción de la política. Los partidos, en vez de querer solucionar sus problemas internos y poner en la calle a los corruptos, se han dedicado a mirar al partido de enfrente para echarle en cara sus casos de corrupción. Muchos no han visto la viga en el ojo propio para ver la paja en el ojo ajeno. El tema de la corrupción no era una discusión de patio de colegio con el burdo argumento de "y tú más". El tema de la corrupción es mucho más profundo. Necesita un pacto entre los partidos para dar solución a uno de los tumores de la política. No vale salir por la mañana pidiendo la dimisión de un imputado del partido contrario y después defender al imputado de tu partido.
Y con esto no quiero entrar en la otra prostitución en la que está entrando la política. Hemos pasado del "no pasa nada" a querer ser más papistas que el Papa. Esto es peligroso porque se pone a muchas personas, que aunque sean políticos son de carne y hueso, a los pies de los caballos, para que los arrastren y acaben tirados en cualquier cuneta de la carretera de la vida.
Con esta segunda prostitución de la que hablo, hemos pegado una patada a uno de los pilares de nuestra Constitución. La presunción de inocencia ha pasado a ser presunción de criminalidad. Ya nadie es inocente. Si un titular te condena, ¡ay amigo!, se te acabó todo. Las sentencias judiciales ya no valen, importa más una noticia que diga que eres corrupto. ¿Y esto de quién es culpa? ¿De los ciudadanos? ¿de los medios de comunicación? No. La culpa es de los políticos que queriendo acabar con el estigma de la corrupción estamos matando moscas a cañonazos. En vez de haber hecho los deberes en su momento y acabar con los Bárcenas, Lanzas y compañía, queremos, a posteriori, ser los primeros en condenar y en tomar medidas contra los imputados (que hasta que una sentencia diga lo contrario son inocentes). Se nos ha olvidado que esas cosas las hace la justicia y que lo que tienen que hacer los políticos y los partidos es, simplemente, colaborar y no poner palos en la rueda de los procesos judiciales.
Somos lo políticos los encargados de dignificar la política. Tenemos que tener unidad y continuidad en nuestro discurso, no podemos condenar por la mañana lo que defendemos por la tarde.Los políticos somos personas y tenemos que demostrar que la política es de carne y hueso, que tiene piel, que es sensible a las necesidades de la sociedad. No sigamos desprestigiando algo con tanta historia y que se están cargando aquellos que no vienen a servir, sino a servirse.
El 99% de los políticos vienen a servir, pero ese 1% hay que desterrarlo, esos no tienen sitio aquí.
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